Viajar a Dubái: El espejismo de la ciudad artificial

El primer impacto al poner un pie en Dubái no es visual. Es el golpe de un aire acondicionado programado a dieciocho grados que choca contra la promesa de un desierto ardiente que aguarda al otro lado de las puertas del aeropuerto. Dubái huele a ambientador de lujo, a pulimento de mármol caro y a ozono. No hay rastro del olor a salitre del Golfo Pérsico ni del polvo de la arena. Tampoco al de ese sudor humano que impregna las grandes metrópolis del mundo. Dubái es una inmensa fortaleza climática y cultural, una burbuja diseñada con precisión para mantener la realidad a raya.

Como viajeros estamos acostumbrados a buscar la verdad de los lugares en sus grietas. Buscamos el desgaste de los peldaños, la pintura descascarillada que revela una vida anterior… Pero, ¿Qué ocurre cuando el destino al que viajamos carece por completo de esas fisuras? ¿Qué sucede cuando una ciudad entera se concibe no como un espacio para ser habitado sino como un escaparate para ser consumido? Dubái es el triunfo de la voluntad financiera sobre la geografía, un lugar donde el petróleo no ha servido para regar las raíces de una cultura sino para levantar el decorado más caro y grandilocuente de la historia de la humanidad.

Un decorado de oro sin alma

Para entender Dubái primero hay que entender su historia. Hace apenas unas décadas este rincón de la Península Arábiga era un modesto y polvoriento asentamiento de humildes pescadores, comerciantes y recolectores de perlas. Sin embargo la irrupción de los petrodólares precipitó una mutación que desafía cualquier lógica evolutiva. Lo que ocurrió aquí no fue un crecimiento urbano. Caminar por sus inmensos bulevares es una tarea casi imposible debido a un diseño urbano hostil para el peatón.

Todo está excesivamente pulido, todo brilla con una intensidad aséptica, todo es milimétricamente simétrico. La ciudad entera es un decorado donde la riqueza infinita se ha utilizado como única argamasa. Aquí falta esa capa invisible de desgaste que solo otorgan el tiempo y que tienen las urbes con «alma». Roma, Kioto, Katmandú o El Cairo son pergaminos de piedra reescritos a lo largo de las eras donde cada generación ha dejado su huella sobre la anterior. Dubái es en cambio una pizarra en blanco escrita de una sola vez con un rotulador fluorescente.

Dubai Mall, el laberinto de cristal

Esa sensación alcanza el súmum cuando uno se adentra en las entrañas del Dubai Mall. Llamarlo centro comercial es un eufemismo que se queda raquítico. Es una metrópolis climatizada dentro de la metrópolis, un ecosistema cerrado que replica la dinámica de una ciudad pero despojada de cualquier propósito que no sea la transacción económica.

Allí dentro caminé durante horas por sus pasillos interminables observando a familias enteras, a expatriados y a turistas hipnotizados por escaparates de alta costura que parecían espejismos iluminados por luces LED. El Dubai Mall es una oda al horror vacui del capitalismo moderno: Si hay un espacio vacío debe llenarse con una cascada interior de cuatro pisos o con un acuario gigantesco donde tiburones cautivos giran en círculos ante la mirada de los transeúntes.

Me detuve frente a ese inmenso cristal acrílico donde la paradoja era poética. Afuera a pocos kilómetros el océano real latía bajo un calor implacable, pero la ciudad prefería contener una porción de ese mar y exponerlo bajo luces de neón.

En el Dubai Mall (obviamente el Centro Comercial más grande del mundo) la interacción humana se reduce a la coreografía de la compra. No hay bancos diseñados para la conversación gratuita, no hay plazas para el debate, no hay esquinas para la melancolía. Es un espacio diseñado para mantenerte en constante movimiento cegado por el reflejo de las tarjetas de crédito. Salí de allí sintiendo una sed extraña, una deshidratación espiritual.

La tiranía del superlativo bajo la sombra del Burj Khalifa

Si hay una religión obligatoria en los Emiratos Árabes Unidos es la del superlativo. Todo debe ser el más alto, el más grande, el más rápido y el más lujoso. Es una megalomanía fascinante desde el punto de vista de la ingeniería pero agotadora para el viajero. Esa grandilocuencia alcanza su cenit a las puertas del Dubai Mall con el colosal Burj Khalifa.

Con sus 828 metros de altura, esta aguja afilada vidrio refractante y aluminio. Técnicamente es un triunfo absoluto a la gravedad y a las leyes de la física. Sin embargo, mientras me encontraba en la plaza inferior no sentí ni un ápice de esa emoción que te invade ante las catedrales góticas de la vieja Europa o bajo la madera tallada de los monasterios del Himalaya.

La arquitectura en Dubái no busca emocionar al ser humano ni crear un espacio para la introspección. Busca intimidar. Busca demostrar un poder ilimitado y aplastar cualquier atisbo de duda sobre la supremacía económica de los emiratos. Es una ciudad que se consume a sí misma mirando obsesivamente hacia arriba, olvidando por completo lo que ocurre a ras de suelo.

La belleza de la cicatriz y la brújula de Desmundando

Pienso que viajar en el sentido más puro del término es un acto necesario de aprendizaje y descubrimiento. Los viajeros genuinos nos echamos a la carretera para que el mundo nos ensucie, nos interpele y, en última instancia, nos transforme. Buscamos el tacto de un ladrillo cocido al sol hace mil años, el sonido caótico de una plaza o la incomodidad de lo desconocido que nos obliga a recalibrar nuestras propias certezas.

Dubái es la antítesis de esto. Es una urbe a la que se le ha inyectado bótox urbanístico para borrar cualquier arruga de imperfección, decadencia o historia. No hay rincones misteriosos donde perderse, no hay plazas donde los ancianos jueguen a las cartas. Todo parece tan perfecto que la vida se estanca en la perfección de un museo de cera.

A pesar de todo no lamento haber pisado este desierto pavimentado. Para cultivar un espíritu crítico y para poder argumentar es imprescindible observar y dejar que el terreno te hable. Dubái me enseñó el valor de lo auténtico y me realmente no me aportó nada a nivel vital. Mi alma no se alimenta de récords Guinness.

Y es exactamente esta epifanía la que refuerza la razón de ser de Desmundando. Aquí no buscamos destinos perfectos de catálogo; buscamos destinos vivos. Lugares donde la historia no sea un parque temático reconstruido para la foto, y donde la interacción humana no esté mediada por el afán de ostentación o la servidumbre impuesta.

Esta incursión en el espejismo de cristal me sirvió para afinar aún más mi brújula. Una brújula que apunta hacia las montañas de Asia Central, las estepas de Kirguistán, hacia los monasterios escondidos de Nepal o hacia cualquier callejuela donde la vida aún se respire sin filtros. En «Desmundando» buscamos lugares complejos, que te exigen, te cansan e incluso te incomodan, pero que son abrumadoramente reales.

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